LA NIEBLA

Fantasmas en desembarque                                            Por Ricardo Aldarondo

  

                                                                           


El elemento de la naturaleza que da pie al título de la película, y que se cuela de forma extraña y repentina en la apacible localidad de Antonio Bay, es una amenaza visual y silenciosa. Sin embargo es el relato, en el sentido ancestral, de viva voz e íntimamente, lo que sustenta el espíritu de La niebla (The Fog, 1980) la película con la que John Carpenter encontraba una mayor sutileza, y mayor profundidad, en la figura provocadora del terror, tras La noche de Halloween (Halloween, 1978). Y, como siempre, con los clásicos como referentes: es bastante evidente la similitud de La niebla con Los pájaros (The Birds, Alfred Hitchcock, 1963) en cuanto al tipo de población tranquila sobre la que caerá la plaga, o el carácter abstracto de esa amenaza, aunque en el film de Carpenter tiene una explicación. Si la cita inicial de Edgar Allan Poe puede retrotraer a los orígenes del terror, la historia que Mr. Machen (John Houseman) cuenta a los niños atemorizados al comienzo del film remite a las clásicas
reuniones alrededor de una fogata para contar viejas leyendas. También relata, desde su atalaya junto a un faro, la locutora de radio Stevie Wayne (Adrienne Barbeau, esposa entonces de Carpenter, que ya había intervenido dos años antes en la TV movie Someone’s Watching Me), a quien quiera escucharle: la situación del tiempo, entre otras cosas, la aparición de la niebla, con esa extraña luminosidad y serenidad, que en su sencillez como elemento terrorífico, sigue produciendo desasosiego más de 30 años después. Y se comunica con ella por radio, y le cuenta sus cosas, un pretendiente convertido en viejo amigo. Así, el relato oral y el visual caminan de la mano en La niebla, que hace de los escenarios apacibles un foco de inquietud sin intervenir en ellos: los planos generales de la bahía (de día o iluminada por la propia niebla en la oscuridad), la intimidad de Stevie en su estudio de radio (es esta una de las películas que con más calidez retratan ese modelo de locutor solitario, y su espacio), la larga y pendiente escalera junto al mar por la que se accede hasta él.

Una serie de situaciones aparentemente inconexas, en las que los objetos cobran vida y provocan pequeñas catástrofes (entre ellos unos coches cuyos faros se encienden mientras las bocinas pitan y parecen prefigurar el automóvil protagonista de Christine, John Carpenter, 1983) anticipan lo sobrenatural. Y una imagen que remite al mito del buque fantasma, introduce lo que la niebla esconde: los espectros de los seis hombres que, cien años después de unos hechos que se relatan en el libro que se descubre al caer una piedra de la iglesia, vuelven para vengarse. Pero son unos vengadores casi ocultos, que apenas se muestran de forma fragmentada (siluetas, manos, garfios), pero provocan las situaciones de temor y desconcierto, más que sangrientas o impactantes. La propia voz de la locutora parece marcar una cadencia reposada a la película, apoyada en la música de los sintetizadores del propio Carpenter. El estilo sugerente y fantasmagórico conecta también con las producciones de Val Lewton en los años 40, de El barco fantasma (The Ghost Ship, Mark Robson, 1943) a The Leopard Man (Jacques Tourneur, 1943), en la que un rastro de sangre entrando por la rendija de una puerta indicaba una muerte al otro lado; y la niebla entra de la misma forma en las casas, marcando su rastro de muerte. Aunque esa cadencia se rompe cuando es necesario con secos golpes inesperados: la piedra que rompe el cristal de la camioneta en la que viaja Elizabeth (Jamie Lee Curtis) junto al chico que la ha recogido en autostop. Ambos aportan el tono más desenfado del film, sobre todo con la elipsis que hábilmente introduce Carpenter, para mostrarlos ya despertando en la cama al día siguiente, y preguntándose sus nombres por primera vez.

El cura interpretado por Hal Holbrook se lleva la peor parte, como catalizador de la culpa que sobrelleva el pueblo por los hechos que ocurrieron cien años atrás. La escena que funciona como coda final puede ser discutible por hacer más explícitos a los fantasmas antes solo sugeridos, pero además de funcionar como guiño cómplice con el espectador, da un verdadero sentido de cierre a una historia latente durante un siglo. En el inicio de una década que daría lugar a un terror muy explícito, hasta reiterativo y recargado de efectismo en sus diversas variantes genéricas, La niebla permanece como todo un referente en el arte de la sugerencia.      


         


USA, 1980. T.O.: «The Fog». Director: John Carpenter. Productora: Debra Hill. Producción: AVCO Embassy Pictures, EDI, Debra Hill Productions. Guión: John Carpenter y Debra Hill. Fotografía: Dean Cundey, en color. Diseño de producción: Tommy Lee Wallace. Música: John Carpenter. Montaje: Charles Bornstein y Tommy Lee Wallace. Duración: 89 minutos. Intérpretes: Adrienne Barbeau (Stevie Wayne), Jamie Lee Curtis (Elizabeth Solley), Janet Leigh (Kathy Williams), John Houseman (Sr. Machen), Tom Atkins (Nick Castle), Hal Holbrook (padre Malone)  

 

 


Articulo publicado en el número 448, Octubre 2014.

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